Los agujeros de la máscara
Los
agujeros de la máscara
– Quiere verlo– me había dicho mi camarada De
Jacquels–, bien, consiga un dominó y un antifaz, un dominó elegante, de satén
negro, póngase unos escarpines, y, por esta vez, medias de seda negra también,
y aguárdeme en su casa el martes hacia las diez y media; iré a buscarle.
El martes siguiente, envuelto en los susurrantes
pliegues de una larga esclavina, con una máscara de terciopelo, barba de satén
atada detrás de las orejas, esperaba a mi amigo De Jacquels en mi piso de la
calle Taitbout, calentando mis pies irritados por el contacto de la seda, en
las brasas del hogar; fuera: bocinas, gritos espantosos de una noche de
carnaval.
Resultaba curioso, e incluso inquietante, aquella
solitaria velada de un enmascarado sentado en un sillón, en la penumbra de un
piso atiborrado de objetos, aislado por los tapices, con la llama de una
lámpara de petróleo y el vacilar de dos velas blancas, esbeltas, funerarias,
reflejadas en los espejos que pendían del muro. ¡Y De Jacquels no llegaba! Los
gritos de las máscaras estallando a lo lejos empeoraban la hostilidad del
silencio; las dos velas ardían tan rectas que, impaciente y turbado, me levanté
para apagar una.

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